miércoles, 28 de septiembre de 2016

David Foster Wallace: El rey pálido

Idioma original: inglés
Título original: The pale king
Año de publicación: 2011
Traducción: Javier Calvo
Valoración:  auténtico


"Todas las posibilidades están abiertas"

Esto digo cuando, a las alturas de la página 55, comento estar leyendo este libro. Porque es muy difícil enfrentarse a una lectura así, más si empieza uno a estar familiarizado con el autor, y se tienen en cuenta los detalles que paso a intentar explicar. 
Es una novela inacabada, pues parte de una composición (la redonda cifra de 50 capítulos, más cuatro escenas adicionales para esta edición) llevada a cabo por el editor del autor y prologuista de la novela, Michael Pietsch,  en función de un montón de texto suelto hallado entre ordenador, notas, esquemas y borradores. Así que el autor no ha aportado, y ni siquiera de forma consciente, más que su materia prima, sin otorgar beneplácito a su orden y estado de finalización.
Y es la novela en la que el autor se hallaba trabajando cuando puso fin a su vida en 2008 (así que ya sabemos que llevó más de dos años organizar el texto), por lo que uno puede, como si la propia experiencia de la lectura no deparase suficiente intensidad, empeñarse en buscar esos indicios de insatisfacción con la existencia que condujeron a tan tajante decisión; uno puede especular, como se hace por ahí, sobre ese capítulo 22 de fuerte tono confesional, o sobre las propias reflexiones encubiertas, o sobre el caos inicial en que nos sume el capítulo 1, mezclando la descripción de un aterrizaje con jerga propia de contabilidad y finanzas. O sobre ese incómodo ataque a la figura de la bondad y la predisposición absoluta que es el capítulo 5, apoteosis de lo mal que se acepta el buenismo, que bien pudiera ser tomado como el texto definitivo de la ridiculización del altruismo implícita a la lógica competitiva del capitalismo.
Porque esa es una de las ideas recurrentes en esta novela. Demostrar cómo es de colosal y jerarquizado el sistema fiscal americano y a qué ignotos intereses está orientado y entregado. Cómo ha dejado de ser un servicio para pasar a ser una empresa. No nos obstinemos, por eso, en cuadrar cualquier momento o exigir la perfección. No aquí. Lo que es prácticamente seguro, por una cuestión puramente estadística, es que David Foster Wallace no habría publicado el libro tal como lo ha hecho su editor. Pero de eso a decir que esta no es una obra suya. Pues cómo no voy a valorarlo como "auténtico" Si sus 600 páginas están trufadas de sus construcciones espirales, de sus frases interminables pero sintácticamente inapelables, y de su inalcanzable nivel ¿Más pistas? El tema de esta novela (ah, hay que escribir una sinopsis) es el tedio, el aburrimiento, la rutina. Un moho que nunca duerme, un óxido que corroe y que arrastra a sus personajes ajenos y confusos. Empleados del Centro Regional de Examen de Peoria. Una instalación gris, anodina, laberíntica (la descripción de su edificio junto con la zona de aparcamiento adyacente, y cómo las diferentes zonas de ésta se completan, acapara un capítulo entero) que almacena papeles, despachos, empleados de distintos rangos con un fin común, perverso aunque sin tacha moral: inspeccionar declaraciones de la renta de particulares y empresas. Suministrar sangre al vampírico sistema fiscal americano desde una siniestra óptica empresarial. Ingresos vs costes, y lo que haya por el medio que se las apañe. Empleados que comparten esa extraña raigambre funcionarial, que tienen graves problemas dermatológicos, psicológicos, que llevan a inquietantes bebés a la oficina, que mueren en sus mesas sin que nadie se dé cuenta. Carpetas, normativas, impresos, casillas, protocolos, escalillas, rangos.

Y lo del famoso capítulo 22: no sería tan mala idea, ya que se ha hecho hasta con discursos, extraerlo de alguna manera. No por obsesión castradora; sino porque esa centena de páginas con entidad propia contiene muchos aspectos de la esencia de DFW. Su gusto (el episodio de la muerte del padre) por lo absurdo que coquetea con la estupefacción. Su descubrimiento de las miradas alternativas (el tedio como acceso al heroismo, si eso no es un oscuro homenaje a Bartleby), y sus concesiones personales (cómo repite "no sé si me explico bien").
Pocos escritores pueden comprender esta sociedad acelerada e hiperinformada y sintetizarla a base de hacer afirmaciones tan contundentes.
"La clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire... Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir." 
Se puede alcanzar el final abrupto de esas 600 páginas sin llegar a decisión alguna, lo cual sería lógico y seguramente haya sido o llegue a ser un deporte de moda. O se le puede otorgar a un texto inconcluso una reseña inconclusa y decir toma coherencia y toma homenaje. Hasta podría zafarse uno de esa mínima cumplimentación y negar toda condición de obra y asirse a la fama de obseso perfeccionista para negar y negar y negar. Hasta, y esto sería muy propio, no juzgar la obra como unidad sino como partes. 
Pero no estamos para eso. El libro está ahí, alineado junto a otros concebidos, acabados y aprobados en las estanterías. En aplicación de la pura matemática del azar, uno de cada diez lectores podría empezar a leer a DFW por esta obra.
Así que la apreciación de este libro va a ser muy diferente en función de quien lo lea. El lector ocasional puede que renuncie furioso o desorientado ante el agresivo arranque. El lector experimentado, pero no iniciado sentirá curiosidad por cómo se avanza desde un punto de partida tan excéntrico. El lector ya bregado habrá de reconocer que el mencionado capítulo 5 es de una brillantez inúsita, a la altura de los mejores relatos cortos del autor, y reconocerá la naturaleza experimental de algunos otros pasajes, pero los comprenderá como contrapeso. Comprenderá hasta el capítulo 9, donde, empezando por ese confesional "Aquí el autor", el, erm "autor" se entrega a una serie de disquisiciones a veces exasperantes, a veces hilarantes, sobre la condición de la obra. Trufadas de notas que son las antítesis de la solemnidad que se le entiende a una nota al pie.
Bueno: el caso es que aquí no nos queda otra opción que ser claros. Leed este libro. Tenedlo en casa y dadle vistazos aunque sea de un par de páginas. Avanzad en él aunque parezca que sea contracorriente. Comprended esa certera frase de Eduardo Lago en la contraportada: "Parábola escalofriante del capitalismo tardío..." Ved como Foster Wallace radiografía a esa mediocre clase media baja que no ha accedido a las privilegiadas universidades de la Ivy League:
"En Philo, uno tenía que educarse independientemente de la escuela, y no gracias a ella; lo cual explica que todavía no se han movido de Philo y se dedican a venderse seguros los unos a los otros, a beber alcohol de supermercado, ver la tele y esperar el formalismo de su primer infarto"
Seguros-alcohol-supermercado-tele-formalismo-infarto.
Formalismo. Infarto.
Infarto.

O especulad si estas frases eran o no avisos de lo que se cernía
"...porque las luces fluorescentes de la sala de espera eran de color blanco grisáceo y resultaban cegadoras y no proyectaban sombra alguna, eran de esa clase de luz que te da ganas de suicidarte, y yo era incapaz de imaginarme cómo debía de ser pasar nueve horas al día bajo esa clase de luz..."
"Hasta ahora no se había planteado el suicidio ni una sola vez en la vida."  
Y, sin que ello sirva ni para confirmar ni para contradecir la valoración más o menos inteligible que nos obligamos a incluir, decir que, aunque se le haya otorgado la forma de novela, quizás El rey pálido deba ser considerado también, o más, como una especie de conjunto de relatos o hasta de escenas. La insistencia en incluir a Foster Wallace en una corriente de escritores a los que se ama o se odia (serie que empezaría por Pynchon, seguiría con DeLillo, y a la que parece que haya que añadir a Franzen), nos aboca a esa especie de dicotomía donde distintos fragmentos parecen ser literatura de alto nivel o palabrería incomprensible, dependiendo no solo de quién si no hasta de cuándo se valore. De ello ni tiene la culpa el autor, sino el desproporcionado impacto que las circunstancias de su muerte tuvieron sobre cómo se le valora. Está claro que vivimos en un mundo ávido de la designación de mitos o referentes (sobre todo en un campo tan inapelablemente respetable como las artes creativas) y que Wallace, igual que otros ejemplos dispares como Amy Winehouse o como James Gandolfini, disponía de los factores de la ecuación perfecta. Cosa que, en el fondo, no hace más que complicarlo todo.
El rey pálido, desde luego, es la última obra de la que se puede esperar que aporte unanimidad sobre la obra de DFW. De eso, al menos, estoy seguro. Bueno, quizás estoy seguro.

Mucho Foster Wallace ya en ULAD: aquí

martes, 27 de septiembre de 2016

Colaboración: El loco del bisturí de Yasmina Khadra:

Idioma original: francés
Título original: Le dingue au bistouriAño de publicación: 1990
Traducción: Wenceslao-Carlos Lozano
Valoración: Está bien

Mohamed Moulessehoul (Kenadsa, Argelia, 1955) llegó al grado de teniente en el ejército argelino, aunque su verdadera vocación era la literatura. Como en sus libros no se privaba, más bien todo lo contrario, de llamar por su nombre al nepotismo, la corrupción, la arbitrariedad impune y el pillaje de los recursos públicos en el que está instalada la élite político-militar que domina Argelia desde su independencia -una República pretoriana, se le ha denominado- optó por buscarse un pseudónimo femenino, Yasmina Khadra, para mantener un anonimato que una vez consolidado su estatus de escritor y permitirse canjear las armas por las letras, mantuvo como seña de identidad.

Debe Yasmina Khadra una buena parte de su prestigio literario a su comisario de policía Brahim Llob, protagonista de cinco novelas. Traducidas al castellano teníamos La parte del muerto (2004) y la llamada Trilogía de Argel Morituri (1997), Doble Blanco (1998) y El otoño de las quimeras (1998)- así ordenadas por la cronología en que transcurre la acción. Y ahora disponemos también de la que inició la serie y el personaje, El loco del bisturí (1990), que quizás por su condición primeriza no tenga la densa carga de hiel, desolación y amargura que supuraba el Argel de Brahim Llob. Y que se ciñe a una trama más convencional de pesquisa criminal con apenas cuatro pinceladas de color local.

Brahim Llob es un melancólico comisario de policía, huraño, bocazas y misántropo, aunque en El loco del bisturí todavía se nos presenta con grietas morales y dudas existenciales, unos rasgos que después se fueron blindando ante lo que pasó por encima a él y a su país. Que fue nada menos que toda una guerra civil (1991-2002) entre los muy sobrados de integrismo y los muy carentes de integridad y que dejó decenas y decenas de miles de muertos y un enfrentamiento desgarrador y atroz que está recogido y retratado de manera implacable en las páginas de novela negra de Yasmina Khadra.

Así que destacar de un libro que lo mejor es lo que le siguió no es precisamente un elogio, pero es que El loco del bisturí queda apenas como un aperitivo, un complemento ante la potencia de lo retratado en la Trilogía de Argel y, en mi opinión, el mejor libro de los protagonizados por Brahim Llob, que es La parte del muerto.

Musulmán y africano, Brahim Llob es un interesante contrapunto a sus colegas del Mediterráneo septentrional y europeo, como el marsellés Fabio Montale de Jean-Claude Izzo, el siciliano Salvo Montalbano de Andrea Camileri o el ateniense Kostas Jaritos de Petros Markaris, igualmente desencantados y escépticos ante su entorno y circunstancias pero todavía capaces de cierta combatividad a base de ironía y hedonismo, especialmente el gastronómico. Una actitud vital que, en el caso del argelino, acaba por dejarse atrapar por completo por la irreversibilidad del desastre colectivo y la plomiza desesperanza: “Los argelinos sólo reaccionamos en función de lo que nos ocurre, jamás en previsión de lo que pueda ocurrir”.

Firmado: Carlos Ciprés

lunes, 26 de septiembre de 2016

Reseña a cuatro manos: Don DeLillo, Cero K

Idioma original: inglés
Título original: Zero K
Traductor:  Javier Calvo
Año de publicación: 2016
Valoración: interesante / recomendable

Voz propia: Si algo puede decirse de Don DeLillo es que tiene una voz propia, un estilo propio. Sería posible leer una de sus novelas, o incluso un fragmento, y reconocer su forma de escribir. Es difícil definir en qué consiste: creo que es una forma al mismo tiempo visual y abstracta de narrar, menos interesada en los actos y los objetos que en las ideas que esos objetos y actos encarnan.

Bueno: podría recriminársele que a veces tarde demasiado en desarrollar un concepto, o que recargue algo su escritura. No me voy a quejar de eso, con la de escritores que descuidan la forma para centrarse en transmitir sus ideas con contundencia y precipitación.

La trama: Jeffrey Lockhart viaja por invitación de su padre (al que no llama padre ni papá ni papi, sino "Ross") a un complejo en medio de la nada destinado a la criogenización de los cuerpos de personas que, por la razón que sea, deciden congelarse a sí mismas para despertar muchos años después. El complejo es una mezcla de centro de alta tecnología y performance artística, y allí se encuentra Artis, la nueva pareja del padre de Jeffrey, a pocos días de ser criogenizada. Esta decisión provoca en el narrador, y también en su padre, pensamientos y sentimientos contradictorios, que deberán enfrentar junto con el resto de experiencias provocadas por aquel extraño complejo.


Aunque ese amago distópico, llevado a mayores consecuencias por escritores de género como Asimov o Philip K. Dick o simplemente usado de pretexto, como Houellebecq en La posibilidad de una isla, no deja de ser una especie de lienzo en blanco sobre el que lanzarse a una reflexión sobre la sociedad actual y sus paranoias.

Arte y literatura: Quizás Don DeLillo sea el autor que más cerca está, en sus temas y en su forma de tratarlos, de las reflexiones sobre el arte contemporáneo. Punto Omega se abre con la descripción de una instalación en el MoMA: la proyección a cámara lenta de Psicosis. En Cero K la obra de arte es el propio complejo destinado a la hibernación: un complejo en el que la propia arquitectura, la escultura (en forma de maniquís, de calaveras gigantes, etc.), el cine (con proyecciones aleatorias de hechos reales, históricos o ficticios) y la propia vida parecen adaptarse a una finalidad estética.

Pues yo opino algo parecido, pero creo que la instalación como "objeto" es un simple aderezo necesario para ejemplificar el gusto por el derroche vacío propio de los supermillonarios, como si fuera gente incapaz de ajustarse a lo necesario, que tiene que deslumbrar en todos y cada uno de los detalles posibles.

Rechazo: Hay algunos aspectos en esta novela que me producen rechazo, y que hacen que me parezca interesante, pero no necesariamente recomendable. La primera es el lenguaje abstracto y algo pedante, como de crítico artístico, con el que está escrito, y que como digo es una marca de su autor. Me cuesta decidir si ese lenguaje está vacío y solo se sirve a sí mismo, o si de hecho quiere transmitir alguna idea importante sobre la vida y la muerte.

Yo no he sentido rechazo. De hecho, me gusta ser capaz de recomendar este libro antes de entusiasmarme u odiarlo como me ha pasado con todas las novelas que he conseguido acabar de DeLillo. Me gusta que arriesgue y que, aunque en este caso la cuestión de la inmortalidad no sea precisamente un planteamiento original, provoque al lector a la reflexión, incluso al posicionamiento. llegar a considerar pros y contras. Hay tanta novela que se deglute y no deja sensación alguna que, tratándose de una historia irregular que en más de un momento (ese interludio "poético" de la mujer criogenizada) se le escapa de las manos, la de DeLillo tiene capacidad de involucrar (o embaucar) al lector.

Otro aspecto es el tipo de protagonistas que Don DeLillo frecuentemente escoge para sus obras: hombres blancos, de clase alta (altísima: el 1% del 1%), cosmopolitas y cultos, con cuyos "sufrimientos" me cuesta identificarme. El posible significado humano y humanista de la criogenización parece quedar bastante limitado si es algo a lo que solo puede acceder una elite económica, la misma que compra arte contemporáneo o que puede permitirse viajar por todo el mundo gracias a su dinero o a su pasaporte.

¡Pero al final los deja en ridículo! Los ricos que pueblan esos libros, al menos este Ross de nombre falso o el broker de divisas chalado de Cosmopolis, parecen tan aburridos y hastiados de no encontrar nada con lo que obtener una emoción que, sea un corte de pelo en el extremo de la ciudad o una apuesta descabellada por una resurrección condicionada y restringida (como un 'reseteo'), son distintas caras de la misma absurda forma de diferenciarse del resto del planeta por su excentricidad, o por su pretenciosa manía de trascender.

Firmado: Santi y Francesc

domingo, 25 de septiembre de 2016

James Ellroy: Perfidia

Idioma original: inglés
Título original: Perfidia
Año de publicación: 2014
Traducción: Carlos Milla
Valoración: Brutal y muy recomendable (o viceversa)

Pues no. Resulta que en este, por otra parte, inigualable y magnificiente blog de libros  no habíamos reseñado aún ninguno de don James Ellroy, quizás el más grande autor vivo de novela negra. Nunca. Asumo, pues, mi culpa en primer lugar y pido disculpas. El éxito y la vida muelle no pueden hacernos olvidar nuestro sagrado compromiso con los lectores; que ahora escribamos nuestras reseñas desde una lujosa mansión en una isla privada del Caribe no debe ser excusa. Así pues, amigas y amigos seguidoras y seguidores de Un Libro Al Día, aquí tienen por fin una reseña de James Ellroy, esquire de la ciudad de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles y doctor en asuntos sucios de toda índole:

Perfidia -el título original también es así, en castellano- es la última novela, hasta la fecha, de este escritor y la primera de lo que aspira a ser el "Segundo Cuarteto de Los Ángeles". Sus incondicionales seguidores ya lo sabrán, pero para quienes no lo sean -aún-, me explico: existe ya un "Primer Cuarteto de L. A.", que arranca con el caso de La dalia negra, en 1947. El segundo cuarteto, que comienza Perfidia, en realidad vendría a ser, en la ficción, anterior al primero, comenzando cronológicamente en 1941, por lo que ambos cuartetos, junto con la llamada "Trilogía Americana", constituirán al final (al menos tal es el objetivo) una serie de once novelas que abarcarán desde 1941 a 1972; es decir, un gran fresco de 31 años de Historia del crimen y la corrupción norteamericanas, contado con el mejor y más inclemente estilo posible hoy en día. Por supuesto, muchos de los personajes aparecen o aparecerán en ambos cuartetos e incluso en la trilogía. Amén  de los variopintos personajes reales que salen aquí o allá (y que, por cierto, no suelen ser los mejor tratados, precisamente).

¿Qué tal, resulta un poco lioso? Tranquilos, que no es para tanto. Menos aún si se empieza a leer la serie por esta Perfidia, en la que algunos de los más conspicuos personajes "ellroyanos" aparecen por primera vez (aunque, en realidad, no es la primera, sino que... vale,de acuerdo; no voy a reptir todo el rollo de nuevo). La acción de la novela transcurre en diciembre de 1941, cuando EEUU entra en la II Guerra Mundial. Un dí antes del ataque a Pearl Harbor aparecen destripados en su domicilio, en lo que parece un ritual seppuku, todos los miembros de una familia de origen japonés, los Watanabe y el Departamento de Policía de Los Ángeles se pone a investigar el posible crimen -o no crimen-, con la dificultad añadida que supone la entrada en la guerra al día siguiente y sus consecuencias directas en la ciudad: histeria antinipona, redadas en Little Tokyo, oscurecimientos para dificultas ataques enemigos, presencia de submarinos junto a la costa, conatos de revuelta... Además, como hablamos de una novela de Ellroy, las cosas no pueden ser tan simples como la investigación de un crimen, por enigmático o enrevesado que sea; aquí encontramos también policías corruptos y fascistas, políticos aún más corruptos y fascistas, criminales fascistas, espías fascistas, eugenistas fascistas, fascistas a sec... (¿¡pero bueno, en EEUU en 1941 eran todos fascistas, o qué!? Pues según parece, casi, menos Roosevelt y poco más). Vale, no es para tanto: también hay rojos quintacolumnistas, estrellas de cine de variado pelaje, bandas tong de chinos, mafiosos judíos y polis mexicanos... aunque he de reconocer que estos últimos también son bastante fascistas.

En mi opinión, lo mejor de esta novela, además de que Ellroy ha sabido dotarla de un ritmo endiablado, apabullante -casi se diría que uno la va leyendo dopado de benzedrinas, como alguno de los personajes- y del desacomplejadamente ágil dominio del estilo del que hace gala  (inteligente uso del stream of conciousness, por ejemplo, cuando le viene bien hacerlo), es que la indagación detectivesca no recae sólo en un investigador arquetípico, sino que son cuatro los protagonistas que se encargan de ello: Hideo Ashida, inteligente, minucioso y ambiguo criminólogo de origen japonés; la seductora Kay Lake, novia de un agente de policía e inquieta, quizá en demasía, por la necesidad de la aventura; William H. Parker, ambicioso y católico teniente de policía dividido entre sus escrúpulos y sus debilidades; Dudley Smith, sargento de policía irlandés y no menos católico que el anterior, pero casi absolutamente amoral. Encantador, brutal y expeditivo. Según he leído en alguna entrevista a James Ellroy, Dudley es su personaje favorito (y no me extraña, porque es un caramelo para un escritor), aunque yo diría que les trata a todos con el mismo cariño o falta del mismo... Estos cuatro personajes -y no sólo ellos, sino prácticamente todos los que aparecen en la novela-, haciendo honor al título de la misma, nos ofrecen todo un recital de traiciones, asechanzas, rivalidades y felonías de diverso tipo, aunque también, en cierto modo, guarden una cierta extraña lealtad entre ellos. Como copiosa guarnición para la historia, el autor nos ofrece todo un despliegue de violencia -mucha violencia-, sexo -bastante sexo-, alcohol -ídem- y drogas. No hay rock & roll porque en 1941 aún no se había inventado, que si no...

Por resumir la reseña de esta novela de alguna forma, recordaré que en una entrevista a un medio digital español Ellroy declaró: "Me lo he pasado de puta madre escribiendo esta mierda" (suena más fino en inglés, pero no lo es). Yo sólo puedo añadir que lo mismo que  un servidor leyéndola.

Nota: si no he valorado este libro como imprescindible, es solamente por el reparo que me produce su condición -o su pretensión- de ser una parte de un cuarteto, del que aún no sabemos el resultado global. Pero, desde luego, se trata de una novela mucho más que recomendable... Más bien está bordeando el imprescindible. Por no decir chapoteando dentro como un cochino en un lodazal.






sábado, 24 de septiembre de 2016

Frédéric Beigbeder: Oona y Salinger

Idioma original: Francés
Título original: Oona & Salinger
Traducción: Francesc Rovira
Año de publicación: 2014
Valoración: Está bien

Cambio de registro de Frederic Beigbeder. Hasta ahora, sus libros eran altamente autobiográficos. O si no autobiográficos en sentido estricto, sí que estaban muy basados en experiencias del propio autor. Así, por ejemplo, "El amor dura tres años", "13,99 euros" o "Una novela francesa".

En esta ocasión, el protagonista ya no es el propio Beigbeder - Marc Marronier o como se haga llamar, aunque su ego le haga aparecer en el libro (cómo no!), sino J.D. Salinger, Oona O´Neill, Charles Chaplin o Eugene O´Neill, y la historia ya no es autobiográfica, sino que se basa en la fallida relación que, al parecer, mantuvo Salinger con Oona O´Neill, hija del Nobel Eugene O´Neill y niña bien del Nueva York de finales de los 30 y primeros 40.

Así que esta vez parte de un hecho real y lo reconstruye, lo reinventa.

Reconstruye esa historia de amor y lo hace, partiendo de la descripcion del ambiente de la época para la "jet-set", con sus fiestas y saraos. En uno de estos saraos, Salinger y O'Neill se conocen y comienza su flirteo y su relación. Pero Salinger va la a la guerra, hecho que le dejará "tocado" el resto de su vida, y Oona se casa con Charles Chaplin, lo que tampoco colabora en exceso a la buena salud del pobre J.D.

Con estos mimbres (autores de culto, famosos de la época, relaciones iniciáticas...) podríamos estar ante un novelón. Pero se queda a medio camino.

Sí que tiene aspectos positivos. Por ejemplo, las cartas que Salinger envía desde el frente, en las que refleja la crudeza de la guerra y su influencia sobre el autor de "El guardián entre el centeno". Sorprenden, incluso, viniendo de un autor como Beigbeder. Otro ejemplo es la primera parte de la novela, la del ambiente frívolo, festivo y desinhibido de NY, la de secundarios como Hemingway o Capote. Beigbeder se mueve bien en ese terreno.

Por contra, la novela adolece de un exceso de superficialidad. Los personajes son potentes y podrían haber dado más juego.
Además, en la segunda parte del libro, la que comienza con la marcha de Salinger a la guerra, parece notarse demasiada prisa por llegar a un final que resulta un tanto forzado. Beigbeder se ventila más de treinta años con un puñado de cartas y anécdotas de los protagonistas!
Y por último, ¿sería posible que en alguna novela de Beigbeder no aparezca él mismo? En este caso, establece paralelismos entre la historia de Oona y Salinger y la suya propia y, sinceramente, creo que sobra.

Pese a todo, hay que reconocer que el libro se lee "fácil". Beigbeder escribe de forma ágil y directa y, aunque en varios aspectos la novela sea mejorable, los mitómanos seguro que la encuentran disfrutable. El resto, quizá solo la encuentren entretenida, sin más.

Otros libros de Beigbeder en ULAD: 13,99 euros

viernes, 23 de septiembre de 2016

Sherwood Anderson: Winesburg, Ohio

Idioma original: inglés
Título original: Winesburg, Ohio
Año de publicación: 1919
Traducción: Miguel Temprano
Valoración: muy recomendable

Para los que se quejan de lo fácil que nos la cuelan los autores (y las editoriales y las promotoras y los periodistas) norteamericanos, voy a empezar aclarando que Sherwood Anderson es un escritor nacido en el siglo XIX y que me fue "presentado" en un párrafo de "El rey pálido" de DFW. Lo que tienen esas lecturas que alternas cuando andas sumergido en algo gordo. Y espero que sea "este" Anderson, pero me da que sí. 
Porque algo me sonaba eso de Winesburg, Ohio, y desde luego más me sonará si puedo ir indagando más. Porque ver que hablamos de principios de siglo XX y ver que es tan fresco, tan eficaz. No os extrañe que se le otorgue alguna condición que os sorprenda; como ser una muy probable influencia para la creación del universo de Faulkner. Porque yo ignoro si existe un pueblo de verdad con ese nombre. Wikipedia dice que sí, pero que no era el que Anderson describia. De no haberlo, de no existir uno solo de esos personajes, estamos ante un precedente del condado de Yoknapatawpha y estamos ante un precedente de ese modo de narrar basado en la exigencia al lector: crónica emitida a varias voces, esta colección de relatos/recortes/piezas que  se van a ensamblar, pero no por que haya sensación de suspense o de pura proximidad de la tragedia. Es más una demostración de que las pequeñas comunidades siempre tienen que contar con la presencia de un testigo que de todo da fe,y  que es cronista de todas las cuitas y los encuentros furtivos y los deseos reprimidos, a la vez que el contrapunto necesario y el conocedor de motivos y causas y consecuencias.
Éste es George Willard, periodista del diario local, testigo y partícipe. Aportando cohesión a veintidós relatos que van encajando, participando desde una inalterable coherencia profesional solo interrumpida por su cercanía a los personajes. Todos ellos desfilan en distintos escenarios, y pronto descubriremos cosas de ellos, que no viene a cuento detallar demasiado, pues aconsejaría a todo el mundo que se haga con el libro y lo disfrute. Sabrá por qué alguien tuvo que salir huyendo del pueblo a los quince años. Sabrá de los paseos furtivos de las chicas, de la gente que vive sola, de los poderosos y de los desahuciados.
Fascinante descubrimiento: ver que hace casi un siglo un libro empieza a sembrar simiente que aún crece descontrolada: muchos deben a estos relatos, y por motivos muy variados. Lynch, Faulkner, Ray-Pollock, Munro. No es una mala corte de seguidores, desde luego.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Rubem Fonseca: El seminarista

Idioma original: portugués (de Brasil)
Título original: O seminarista
Año de publicación: 2009
Valoración: divertido

Sí, somos todos muy cultos, hemos leído el Ulises en el inglés original y nos hemos tragado los siete tomos de En busca del tiempo perdido, tenemos la Divina comedia en la mesilla de cabecera y La montaña mágica en el baño... pero ¡qué bueno cuando un libro, aunque no sea "Alta Literatura", nos agarra y nos engancha y nos hace perder la noción del tiempo, y no podemos dejar de leerlo hasta que lo hemos terminado! ¡Qué placer tan simple y tan poderoso! ¡Y qué pocas veces pasa!

Bueno, pues eso es lo que me pasó con El seminarista de Rubem Fonseca: lo empecé en un viaje en tren entre Oporto y Lisboa, me metí en la historia, con los personajes y sobre todo con el lenguaje, y para cuando quise darme cuenta estaba en la estación de Lisboa Oriente y casi tres horas de mi vida que podían haber sido espantosamente aburridas se convirtieron en tres horas de diversión.

El seminarista, como buena parte de la obra de Rubem Fonseca, es una novela policiaca, o mejor, como ahora está de moda decir, una novela criminal, muy próxima del género del hardboiled americano. El protagonista es José (Zé), un ex-seminarista transformado en asesino a sueldo, que un buen día decide retirarse. Pero cualquiera que haya leído unas pocas novelas policiacas sabe que retirarse de un negocio así tiene consecuencias: el Seminarista sabe demasiado (o ciertas personas poderosas creen que sabe demasiado) como para dejar que se vaya a su casa sin más consecuencias.

En realidad, la trama policiaca, entendida como misterio que hay que resolver, no tiene demasiada importancia en la novela. El Seminarista es acosado, no sabemos bien por qué, y la mayor duda es si conseguirá escapar a este acoso o terminará sucumbiendo. La resolución puede resultar satisfactoria, en el sentido de que ata todos los hilos sueltos, pero también es un poco ex machina, y por eso mismo un poco decepcionante. Tampoco la subtrama amorosa, bastante estereotípica, es lo que consigue atrapar al lector y mantenerlo pegado al libro.

Pero hay dos rasgos que hacen que esta lectura sea divertida, independientemente del suspense de la trama. El primero es el humor. Los primeros capítulos de la novela, en los que el Seminarista cuenta algunos de sus "trabajos" de una forma despreocupada y amable contribuyen a que el lector se enganche con la lectura, y también a que sienta simpatía por un asesino que tiene sus límites (no mata animales ni niños, y muy raramente mata mujeres) y que es capaz de reírse de sus superiores, de sus colegas y de sí mismo. La violencia es brutal (asesinatos, palizas, torturas, traiciones) pero se cuenta con una gracia "tarantiniana" que parece hacerla menos dolorosa.

El otro elemento que destaca y que hace la lectura ligera y divertida es la lengua. A lo mejor sorprende que haya colocado en el encabezamiento que está escrito en portugués de Brasil: normalmente no decimos "español de Argentina" o "inglés de Estados Unidos". Pero es que en este caso el portugués de Brasil, coloquial, creativo e irreverente, combinado con un uso irónico del latín (el protagonista estudió temporalmente en un seminario, recuerdo) contribuye a que la lectura sea rápida y divertida, cargada de ironía y de autoconsciencia. De hecho, hay unos pocos momentos en los que Rubem Fonseca utiliza ese estilo coloquial, vulgar a veces, para tratar temas "elevados" (un pasaje sobre la batalla de Alcazarquivir es antológico) con resultados magníficos. Qué pena que lo haga pocas veces a lo largo de la novela.

No sé hasta qué punto habrá conseguido el traductor mantener este lenguaje fresco del original sin que suene a pastiche (yo lo he leído en portugués, que para algo vivo en Lisboa), pero incluso si se ha traducido en español más o menos estándar, la novela es lo suficientemente divertida como para merecer la pena. Afortunadamente hay varias obras de Fonseca traducidas al español además de esta, así que podemos disfrutar de un escritor de novela criminal al estilo de Hammett o Chandler, pero adaptado al Brasil actual.